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Entrevista a Chicho Vargas, actor y director de teatro El teatro y la creatividad al servicio de la resistencia Por Paulina Carreño, desde La Rioja Chicho Vargas llegó desde Mendoza a La Rioja dar un curso de teatro callejero. Fue víctima da la represión y objeto de inspiración de la obra “La razón blindada” que escribió su hermano, el dramaturgo Arístides Vargas, y que el elenco El Pasillo presentó en esta provincia. El actor escribió su relación con el teatro callejero y, entre otras vivencias, la increíble experiencia del Mundial ´78 en la cárcel de Rawson. En un contexto poco propicio para una entrevista, pero acorde con la temática que abordaríamos en nuestro diálogo, Chicho Vargas conversó con esta periodista en una mesa de bar en la vereda de la capital riojana, con todo el entorno ruidoso que un sábado a la tarde-noche invade la ciudad. Invitado por el Instituto Nacional del Teatro (INT) Vargas llegó a La Rioja a dar un curso de capacitación con el objeto de “motivar para que se animen al teatro callejero”. Vargas vive en Mendoza y se formó como actor y director en diversos cursos, talleres y seminarios en la Argentina y el exterior en especialidades como teatro callejero y popular, teatro comunitario y murga. Dictó cursos en países como Holanda, Bélgica, Bolivia, Chile, Ecuador y Colombia. Además tiene una profusa formación comunitaria en temas vinculados a la prevención para jóvenes en riesgo, técnicas en educación popular, prevención y asistencia en adicciones y políticas sobre adolescentes en conflicto con la ley penal. Fue detenido por su militancia política en 1975 en el penal de Rawson, hecho que es relatado por su hermano, el dramaturgo Arístides Vargas, en la obra teatral “La Razón blindada”, representada en varios escenarios riojanos por el elenco de El Pasillo Teatro. Del taller que dictó Vargas participaron algunos actores y alumnos de la escuela Polivalente de Arte. “Estuve charlando con los pibes y haciendo unas prácticas en el Parque Sarmiento, tratando de motivar a los pibes para que se apropien de esa plaza porque me parece que es un lugar muy bonito para hacer espectáculos”, explicó. “El teatro callejero tiene sus métodos” En el marco del curso, Vargas y los alumnos prepararon una adaptación de la obra “El hombre que se volvió perro” de Osvaldo Dragún. “Me pareció apropiada esa obra porque tiene humor, sátira de lo que pasa con el hombre de la calle, de los vendedores ambulantes que en este caso la adaptación trata de un vendedor ambulante que le ofrecen una serie de propuestas para que salga de ese estado. Le ofrecen que trabaje de perro porque es mas barato mantener a un señor con su trabajo y alimento que a un perro”, comentó el actor. Periodista: Qué es el teatro callejero, como lo definiría? -Chicho Vargas (CV): En palabras muy gruesas podemos decir que es el traslado del escenario hacia una geografía externa. Por lo tanto ese traslado de escenario, de espacios sufre una serie de modificaciones: se ve condicionado totalmente por el medio. Los rituales del teatro cambian. Los rituales de una sala tienen sus métodos que no son los mismos que los de la calle. Esto es captar, cuales son esos métodos, esos rituales, para retransformarlos. Y las condiciones externas condicionan mucho e interfieren lo que estás haciendo. Hay un público casual. Cuando vos anuncias una obra hay gente que te va a ver, pero hay otro montón de público grueso que de pronto se encuentra con eso en la calle. Cuando el espectador llega el espectáculo ya comenzó. Es algo que hay que tenerlo muy en cuenta. A veces los espectadores pueden llegar en la mitad o irse antes de tiempo. Todo eso condiciona lo que estás haciendo por lo tanto hay que buscar cosas que atrapen, que concentren la atención, que lo seduzca con tu propuesta, para que el espectador se quede. No caer en los entretenimientos fáciles que lamentablemente por ahí el teatro callejero ha caído en función de resolver esas cosas. Hacer cosas muy rápidas, muy fáciles, muy de entretenimientos y de habilidades, desde los malabaristas, tambores, cosas así, y como son cosas muy convocantes.... Pero eso no es más ni menos que un principio de convocatoria pero si de ahí no incorporas esos elementos a la fábula que estás contando, no te sirve. De eso se trata, es un entrenamiento. Las leyes son evidentemente las mismas que el teatro. Lo que pasa es que los edificios se han apropiado de la palabra teatro. Lo mismo pasa con el cine, como que es un lugar, y no es la esencia del cine. Esa es una de las cosas que el actor de teatro callejero tiene que tener siempre en cuenta, una serie de principios, por llamarlo de alguna manera. De las cosas que tiene que resolver en la calle. Las obras que se hacen en la calle están permanentemente rehaciéndose. Deben ser obras móviles, cortas, dinámicas y sobre todo, lo que yo predico, tienen que tener un contenido. Y no me refiero a un contenido político social, no no, tenes que contar algo. Y también se diferencia de la intervención callejera o intervención urbana, con la performance y con el happening, también tiene sus diferencias aunque se están tocando permanentemente. Pero son diferentes. P: ¿Qué diferencia hay entre plantear una obra para teatro callejero y trasladar una obra de sala a la calle? -CV: Bueno, eso es todo un tema. Creo que nunca hay que hacer un traslado mecánico de la cosa. Los traslados mecánicos no sirven. Lo mismo si es al revés: de la calle a la sala. Sufre modificaciones. Se puede hacer, claro, pero cómo solucionas el principio que mencioné antes: el espectador llega cuando la obra ya comenzó. En la sala tenes otros rituales: se apagan las luces, te piden que apaguen los celulares, la gente tiene tal vez un programa en la mano y fue voluntariamente. Yo les digo a los chicos que en el teatro callejero siempre hay que hacer una previa, empezamos con una convocatoria y el espectador tiene que sentir que algo va pasar. El espectador no sabe ni el nombre de la obra, no sabe nada. En ese “algo aquí va a pasar” es el secreto de la convocatoria, el llamado de atención. Una vez hicimos una adaptación de la obra “La isla desierta” de Roberto Arlt, que es bien de sala, que requiere cierto clima, se nos ocurrió hacerla para calle y salió una cosa muy buena, pero sufrió una serie de adaptaciones. Esa obra me parece buenísima porque tiene que ver con la alienación del tipo que labura. En la obra está planteado que un grupo de trabajadores está trabajando en un lugar donde hay una gran ventana donde los barcos están saliendo de manera permanente y esa claridad y ese paisaje a ellos los afecta. Hasta que entra un personaje que dice que uno de esos barcos se va a una isla donde los problemas no existen, donde no hay que trabajar, no hay que hacer nada. Nosotros lo planteamos no como una isla sino como un circo y el ruido que sentían los trabajadores es de un circo que se está preparando afuera. Hasta que llega uno que dice: nosotros podemos subirnos a ese circo y no aparecer más por acá. Entonces comienzan a hacer práctica de circo para subirse a esos carromatos… P: ¿Por qué eligió el teatro callejero? -CV: Yo, después que salgo de la cárcel que estuve un tiempo bastante prolongado (siete años) estuve perdido mucho tiempo. Estuve perdido sobre todo por encontrarme con otro país, con otro lugar. La gente que conocía no estaba. Aquellas prácticas teatrales… no me sentía cómodo en ningún lado. Yo hacía teatro en San Luis, mi militancia política estaba ahí, donde caigo preso. Entonces… una vez me encontré con un grupo de jóvenes que venía por la calle tocando tambores y me motivaron tanto que dije: esta es. Pero claro, ya habían pasado muchos años. Había hecho un intento por volver al teatro pero no podía, tenía que asumir que la realidad había cambiado. Vargas vive actualmente en Mendoza pero parte de su trabajo teatral lo hizo en San Luis, donde realizaban un teatro más de agitación política, de principios políticos en los ´70, “muy acorde con esa época de rupturas que había en ese momento. Había un alto grado de compromiso en el que yo estaba”, explica el actor y director. En este esquema, Vargas va preso, otros a la clandestinidad que no tiene buen final y otros al exilio. Entre los que se van al exilio está Arístides y Ernesto Suarez, que después de andar por varios países de Latinamérica recalan en el Ecuador y ambos hacen escuela ahí. Uno en Quito y otro en Guayaquil. Uno funda el Malayerba y el otro el Juglar, respectivamente. “Todo eso me lo perdí. Todo eso me lo perdí”, se lamenta Chicho que recién e 1986 se vuelve a encontrar. “Después de esa experiencia como te digo, cuando me encontré con ese grupo de pibes, en los 90… si sacamos un cálculo del 75 al 90 me pierdo como 15 años de vida. Por supuesto, como la vida continúa y sigue de alguna manera, habían pasado muchas cosas… A mi me interesó mucho empezar a trabajar con los jóvenes y retornar al barrio como quien diría”, explicó Vargas. “Me encontré con un barrio en Mendoza que se llama La Gloria, y ahí dije “de este lugar yo voy a hacer mi lugar”. De aquel tiempo a hoy Vargas junto a los artistas que lo acompañan formaron un centro cultural, una casa propia del grupo, donde realizan espectáculos los domingos y talleres de teatro y murga para los chicos. Están realizando una experiencia de teatro comunitario y piensan a escribir la historia del barrio La Gloria para lo cual han convocado a mucha gente para que se prenda y aporte lo suyo. P: En La Rioja pasó algo bastante particular, que no sucede con frecuencia, y es que en el transcurso de un año aproximadamente el público local tuvo la oportunidad de ver dos obras de un mismo autor que desconocía: “Cuando el viento hace buñuelos” y “La razón blindada”, de su hermano Arístides. En el caso de la segunda, sabemos que usted fue inspirador de esa pieza. -CV: En Mendoza todos los años hacemos en una escuela de teatro unos ciclos que llamamos “El arte en las cárceles” sobre todo para los chicos de primer año. Y nos juntamos varios que tuvimos esas experiencias en las cárceles. Digo porque eso es el principio. Yo pasé prácticamente toda mi detención en Rawson, la cárcel más austral de la Argentina. Todos los domingos nos juntábamos un grupo de presos a hacer representaciones, a contarnos historias. A fortalecernos. Y digo esto porque con la excepción de mi y otro compañero de San Luis, Patricio, no había ninguno que tuviera un pasado teatral. Y aquí viene uno de los mejores principios que yo charlo con los pibes: cuando vos tenes cosas para decir, tenes cosas par contarle a otro, no es necesario que seas un artista. Si bien el artista desarrolla una serie de cosas, pero… quién no escribió un poema, hizo una carta por ahí a una persona que quiere, o hizo un dibujo a su hijo. Y si eso te conmueve y si eso te moviliza estamos ante uno de los principios fundamentales del arte. Alguien le está transmitiendo a otro cosas que siente. Los domingos nos juntábamos a contarnos historias o películas, y se nos ocurrió hacer una obra de teatro. Pero no se podían hacer ese tipo de cosas. Entonces, así tal cual como estábamos sentados uno hacía de relator y los otros actuaban. Lo hacíamos muy de memoria, recuerdo “La libra de carne” de Agustín Cuzzani. Seguro que nos equivocábamos un montón, pero había un código. La cosa era actuar. P: ¿Quienes hacían de público? -CV: El resto de los presos. Pero como había un guardia permanente nosotros nos poníamos a hablar de cualquier cosa. De cómo se sembraba la papa, de cualquier cosa. Es más teníamos un tipo que se dedicaba a eso… cuando el guardua se alejaba seguíamos con la representación. Y Arístides se volvió loco con esa historia. Y él me decía a mi: ¿por qué no escribís algo de ese tema?. Pasa que es muy difícil que uno pueda relatar esas cosas. Cuando vino el mundial de fútbol, fue una cosa de locos lo que pasó en esa cárcel. Por esas cuestiones de los derechos humanos y por la presión que hubo, la Cruz Roja Internacional consiguió que los presos pudieran escuchar los partidos de fútbol del Mundial ´78. Pero resulta que lo podían escuchar con un parlantito que había ahí, pero no podían hacer ningún comentario, ni gritar gol, nada. Me acuerdo el partido de Perú en el que hizo 6 goles Argentina. Hasta que uno de los compañeros dice: yo al próximo gol lo voy a gritar. A nosotros no nos importaba el fútbol… pero como que empezó esa fenómeno del fútbol que siempre se trata de analizarlo y es muy complicado… Para colmo los guardias que nos decían: “Ustedes no son argentinos, van a escuchar el partido de Argentina pero ustedes no son argentinos, ustedes son subversivos, ustedes son terroristas”. Nos provocaron. Entonces, uno de los detenidos dijo: “yo al próximo gol lo voy a gritar”. Pero se va armar terrible quilombo… y “bueno”, dijo otro, “yo también lo voy a gritar”. Y de pronto todos: ¡Gooooooooool!. Se ve que los guardias estaban preparados porque apenas gritamos el gol, entraron a pegar patadas, a encerrarnos. Era un despelote… y el partido seguía, y nosotros detrás de las rejas, para provocarlos, gritábamos: ¡Argentina, Argentina! Y se volvían locos. Arístides y yo decidimos hacer el camino a Rawson que hacía mi padre cuando me iba a visitar. Arístides quería hacer algo con ese viaje. Cuando llegamos ahí nos encontramos con compañeros que habíamos estado presos. Nos juntamos y recordamos esa época. Arístides peló un grabador y comenzó a alzar testimonios. ¿Por qué La razón blindada dice “este domingo vamos a hacer un túnel, un túnel intangible y nos vamos a escapar”? Era una forma de resistencia. Este diálogo imperdible con Chicho Vargas continúo con bocinazos, ladridos de perro y conversaciones con decibeles elevados de las mesas contiguas. La calidez para atrapar al interlocutor y cautivarlo con sus historias doblegó hasta los ruidos más molestos del entorno. |