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Argentina arde: "El secreto" y "La transa" De matones y pusilánimes
Passarini, Miguel
Dirección

Pablo Fossa

Interpretes

Adriana Sánchez, Jessica Biancotto, Florencia Marcolini, Claudio Danterre, Juan Pablo Yevoli, Gustavo Sacconi, Maximiliano Fonseca

Sala

La Morada - Rosario

Funciones

setiembre, octubre, noviembre de 2008

Vestuario

Roxana Ciorda

Asistente de dirección

Verónica Leal

Producción

Paula Viel

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La distorsión de la realidad histórica, o bien la construcción de una especie de “realidad teatral” y paralela que responde a un orden que toma elementos de esa realidad histórica y los transforma (el teatro de Ricardo Bartis y Pompeyo Audivert son claros ejemplos de esta variable), son los ejes por los cuales discurren las problemáticas del proyecto Argentina arde, una atractiva creación que agrupa “El secreto” y “La transa” y que concluirá en 2009 con la presentación de otras dos obras.

El proyecto, estrenado hace un mes bajo la dirección y puesta en escena de Pablo Fossa (Madagascar), y que la primera semana de noviembre se verá en el marco de la programación del Argentino de Teatro que tiene lugar en Santa Fe, toma el formato de saga teatral capitulada (como otras que se conocieron en Buenos Aires, aunque esta es la primera que se estrena en la ciudad), y juega entre la hilaridad y la tragedia, entre el humor patético tan propio de Roberto Arlt y la desazón y la tristeza de los personajes y situaciones familiares de Florencio Sánchez.

En “El secreto”, una familia, los González, parecen haber “arreglado” el casamiento de la joven María Esther. Todos esperan sacar algo de esa boda convenida, todos parecen estar agazapados a la espera de la presa que será despellejada incluso por Ana, la madre de la muchacha, que guarda el secreto en cuestión. Una familia “cristiana” (así lo confirma un recoleto oratorio), la contradicción que enardece, un cuadro familiar en el que la argentinidad impresiona. En el medio, tres personajes que llegan: Gregorio, el candidato a casarse, y dos amigos, dos matones pusilánimes y viejos conocidos, José Pérez, El Brujo (una caricatura de José López Rega, el fatídico Brujo, que fuera el secretario privado de Juan Perón), otro pretendiente de María Esther, y Máximo Necio, que busca saldar con Gregorio una deuda del pasado, quizás de la infancia.

El mayor logro de esta primera parte de la saga (aunque se sostienen en forma unitaria, se recomienda la visión conjunta de ambas obras) es el personaje que completa y contempla la historia, recreado con su habitual solvencia por Claudio Danterre. Se trata del hermano de la madre de María Esther, que actúa a modo de bisagra. Desde la quietud, sentado frente a una vieja radio de las del tipo Capilla por la que se escucharán los ecos de la Revolución Libertadora de mediados de los 50, vigila a los demás al mismo tiempo que los intimida, habla poco, mira, silencia. Lo que queda es una triste postal de la clase media argentina, esa que fue construida en base al juego de opuestos peronismo-antiperonismo, a la radicalización de las ideologías, acaso la génesis del país tal como se lo ve hoy.

Acto seguido llega el turno de “La transa”, con El Brujo y María Esther fagocitándose en el marco de una convivencia imposible, a puertas cerradas y a los golpes. Ella, lejos de Gregorio, escapada de su casa y sospechada de traicionar al Brujo con un amante, él, arreglando los asuntos que mantiene pendientes con algunos funcionarios del gobierno, entre ellos Máximo Necio, que ahora trabaja en el Ministerio del Interior.

Una reunión de “amigos” en circunstancias poco felices, la suma de varios engaños, tanto públicos como privados, y el desconcierto de aquellos que detentan el poder pero que apenas son eslabones de una larga cadena en la que prevalecen las contradicciones y la confusión, al tiempo que el rédito queda siempre en manos de otros.

Es en esta segunda parte donde el humor gana terreno y se llena de guiños al público. Los ajustados trabajos de los tres actores construyen pasajes forjados en base a la hilaridad, aunque se trata de un humor cruel, patético, de seres desintegrados, desesperados y dispuestos a la salvación individual o bien a la aparición de una salvación milagrosa, otro rasgo que los acerca a la esencia del ser nacional en todo su esplendor.

Desde la dirección, Fossa acierta en todo el proyecto al poner atención en una estética que, aunque transitada, es al mismo tiempo una fuente inagotable de inspiración, que sirve para preguntarse si aquello que da risa, esa especie de ironía dolorosa y siniestra de un país que ha debido padecer una clase dirigente artera y negociadora de sus propios intereses, no debería forzar una reflexión que hoy se vuelve imprescindible. Argentina arde, tal como lo adelanta el grupo en el programa de mano, plantea “la percepción de un país que eternamente está por ganar un mundial o que será destacado en algo”. Y allí radica la metáfora más reveladora de esta propuesta: un país que se jugará hasta el límite y que podrá ganar o perder, como dice el tango, “por una cabeza”. Sólo basta mirar hacia atrás y ver que en la Argentina de hoy, que sigue “ardiendo” como la de los 50, los partidos definidos “por una cabeza” son moneda corriente.
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