Dirección Leonel Giacometto
Interpretes Nancy Barbero
Sala Amigos del Arte, La Escalera - Rosario
Funciones julio, agosto, setiembre de 2008
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La espera de algo que nunca llegará, la desazón que produce esa espera y el relato de aquello que no se escucha pero se intuye en medio de la incomunicación, son los ejes del breve pero cada vez más presente relato que en la década del 30 reflejó el francés Jean Cocteau (vuelto al presente en el país como un autor “contemporáneo” con Los padres terribles o Los monstruos sagrados) en la incandescente La voz humana. Se trata de un texto que ha seducido a varias generaciones y que ha servido como antecedente, incluso, de proezas cinematográficas como la inclasificable Mujeres al borde de un ataque de nervios, de Pedro Almodóvar, o un film de título homónimo protagonizado en los 60 por Ingrid Bergman.
Utilizando el texto del poeta Jean Cocteau como disparador, el dramaturgo y director local Leonel Giacometto completó el díptico iniciado con Fingido con la obra teatral Real.
En Real, una potencial actriz intenta montar su tesis de la carrera de actuación a partir de versionar La voz humana. En ese tránsito, recorrerá una serie de situaciones que la conducirán a un final trágico.
Tal como sucedía con Fingido, la trastienda del teatro vuelve a filtrarse, pero esta vez no ya desde la crítica desarrapada al medio teatral y a las instituciones, sino desde un aspecto más ligado con la intimidad del personaje. Es así como Beatriz Viterbo (pequeño homenaje y guiño a Borges en un muy buen trabajo de Nancy Barbero) ofrecerá ante el público (aunque ahora el personaje desconozca la existencia de éste) un decálogo de mentiras y verdades que, antes de la decisión final, fusionarán la verdad de la escena, la verdad del personaje, lo que el público creerá ver y lo que en realidad está aconteciendo.
Ese encantamiento que en el teatro produce la espera se completará con una performance de Beatriz que del mismo modo que hará un play back de “Like a virgen” de Madonna, se emocionará con la ópera “Carmen” cantada por María Callas, o escuchará extenuada al Gorrión de París, Edith Piaf (no casualmente, todas mujeres de vidas y amores turbulentos). Al mismo tiempo, mientras “ensaya”, una y otra vez tomará el teléfono para preguntarse si él está del otro lado de la línea o sólo se trata de una ilusión enloquecedora.
Giacometto pone en juego los límites del unipersonal y experimenta, merced a la ductilidad de Barbero que consigue componer un personaje que nada tiene de su aún vital Ana Bares de la elogiada Fingido, con una teatralidad que se ajusta entre la comicidad del típico unipersonal de un concert y cierto vuelo operístico que tiene el personaje camino a la locura.
Tras cartón, y como una recurrencia de un director que pareciera estar dispuesto a romper con mitos y tabúes del teatro, el personaje irá destruyendo algunos secretos del oficio como por ejemplo qué recurso (más allá de la vetusta “memoria emotiva”) utilizan los actores a la hora de llorar. En ese tránsito aparecen nombres reales del mundillo como el del creador porteño Rubén Szuchmacher junto a otros locales, y una saga delirante (y por momentos dolorosa) que incluirá abuso sexual, violación, embarazo y aborto (todo relatado con lujo de detalles y a través del teléfono), que son el condimento principal de Real.
En el final, la mutación del personaje y una convincente extra escena en la que se apela a la imaginación del espectador en medio de la oscuridad, serán el complemento de un trabajo breve pero contundente, en el que lo gracioso se vuelve siniestro, y en el que “la voz humana” en cuestión será la de una mujer desesperada y enfrentada a sus dolores cotidianos, tal como sucede con el personaje imaginado por Cocteau. Se trata de una mujer ahogada de dolor y desesperación, pero traída al presente y puesta en escena a modo de homenaje a las mujeres, al teatro y a una nueva forma de representación que pareciera (aunque suene extraño tratándose de teatro) renegar de la actuación. |