Dirección Pablo Razuk
Interpretes Ricardo Cerone, Claudia Pipi Disti, Silvina Quintanilla
Sala Cultural de Abajo - Rosario
Funciones octubre de 2008
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La escritura de la rosarina Patricia Suárez suele debatirse entre el revisionismo histórico (Rudolf, Edgardo practica, Cósima hace magia) y cierta tendencia a descubrir situaciones que desde la intimidad que transitan los pequeños mundos de sus personajes le permiten metaforizar acerca de otros mundos (El fruto, Besaré tus pies).
Tal es el caso de Korsakof que, con dirección del también rosarino Pablo Razuk (ambos residen en Buenos Aires), se presentó e una única función en el Cultural de Abajo.
La psicosis de Korsakof, como la de Wernicke, son patologías psiquiátricas que están asociadas con el alcoholismo. Como síntoma, provocan confusión, desorientación, confabulación y, particularmente, la pérdida de la memoria reciente (o amnesia anterógrada). Olvidar lo acontecido en un pasado inmediato parece ser el síntoma que lleva a repetir errores, a volver sobre aquello que daña.
En Korsakof, Adán, Ángeles y Amelia, constituyen un triángulo. Los primeros, un matrimonio en decadencia que lleva 17 años, la última, una suerte de aire fresco (quizás el deseo perdido) que tratará de salvar a Adán, que es quien padece de la psicosis a la que alude el título, del infierno doméstico en el que vive.
Con una resolución escénica simple, en la que conviven los dos mundos por los que transita Adán (su casa y un afuera en el que se encuentra con Amelia), el texto y la puesta de Razuk unen las coordenadas dramático-escénicas para concluir en una gran metáfora acerca de la pérdida de la memoria, de cierta ensoñación que, por fuera de lo patológico, pareciera querer decir algo más acerca de lo que sucede con los recuerdos, con aquello que se inventa para no decir la verdad, con esos mundos de “relleno” que pueblan recuerdos del pasado y que, cuando se vuelven dolorosos, tal como lo hacen Adán y Ángeles, es preferible “quemarlos en una hoguera” junto con viejos libros.
Un trío de estupendos actores son el soporte mayor de este trabajo de gran economía de recursos. Con un registro que pareciera crear una poética propia a partir de elementos que le pertenecen al absurdo y al grotesco, lo que se dice resuena en el vacío de los recuerdos de tres seres que, más allá de todo, esperan poder encontrar la salvación personal.
Suárez construye diálogos jugosos, de un humor que raya lo patético. Juega con una especie de comicidad de lo incorrecto, un humor cruel que por momentos se vuelve doloroso, algo que Ricardo Cerone (Adán) consigue llevar hasta los extremos, incluso hasta el filo de lo trágico, en una composición verdaderamente impecable.
Sobre el final, la decadencia de los recuerdos llevan a Adán, este primer y último hombre, a enfrentarse con el que mira. Allí dirá: “Recordar puede ser terrible, pero no recordar, a veces puede ser mucho peor”. La ferocidad de sus dichos, en medio de una aparente agonía, terminan por confirmar que la gran metáfora de este texto radica en que, quizás, la Argentina padezca (aunque en forma encubierta) de algo muy similar al síndrome de Korsakof: la memoria rota y la fabulación como recurso discursivo, parecen ser moneda corriente. Lo que indica, tal como adelanta el programa de mano, que “cualquier semejanza con nuestra historia no es casualidad”. |