Dirección Agustín Alezzo
Interpretes Julio Chávez
Sala La Comedia - Rosario
Funciones Agosto de 2008
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Hay un campo indefinible en el que el teatro, que se vale de la convención de una “mentira” pactada tácitamente entre actores y espectadores, puede volverse verdadero, aunque, obviamente, eso ocurre en contadas ocasiones. La versión argentina de Yo soy mi propia mujer, merced a la descomunal actuación de Julio Chávez, logra instalar en el público esa incierta aunque maravillosa sensación de que el mundo se ha detenido y allí, ante los presentes, está la verdad de la vida.
La historia de Charlotte von Mahlsdorf, el más famoso travesti de Berlín nacido en 1928 como Lothar Berfelde, obsesionó al dramaturgo estadounidense Doug Wright desde que supo de su existencia por un amigo, al punto de no parar hasta entrevistarlo. El 20 de enero de 1993 se concretó la primera reunión en la casa museo que Charlotte construyó en medio de los escombros de la Segunda Guerra Mundial, y quizás allí se produce en Wright una especie de deslumbramiento por Charlotte bastante cercano al amor, algo que intenta reflejar en la escritura de Yo soy mi propia mujer, ganadora de los premios Tony y Pulitzer (que, por suerte, escapa al rótulo de “obra de temática gay”), que desde su estreno en Broadway, en 2003, recorre el mundo.
En la singular historia de vida de Charlotte se encierran los secretos, las contradicciones y las maravillas del Siglo XX: todo está allí, la modernidad y la tradición, el renacimiento y el ocaso de un siglo que padeció dos guerras, una Europa devastada, y la historia de un niño que supo que en su cuerpo estaba encerrada una mujer. Aquél niño (más tarde Charlotte), gracias a una tía lesbiana que estaba convencida que en su cuerpo se parapetaba un hombre, supo que no era un extraterrestre casi al mismo tiempo que vio que su futuro no sería fácil. Y de hecho no lo fue: tuvo que enfrentar la homofobia, a nazis y comunistas, la dura etapa stalinista en la Berlín oriental, época en la que mantuvo oculto un cabaret en el sótano de su casa, y salió indemne de todo.
La multipremiada obra, presentada en La Comedia en el marco de una gira nacional, se cimenta en base al relato: un monólogo a público en el caso de Wright, un diálogo puertas adentro en el de Charlotte. Es así como, con muy pocos elementos, apenas unos muebles que se acercan a los de estilo neorenacentista que tanto gustaban a Charlotte, del mismo modo que los fonógrafos y los gramófonos, Chávez consigue el agotador objetivo de poner en su cuerpo a Wright y a Charlotte en simultáneo, algo que se revela como una master class pocas veces presenciada. Sucede que el actor borra con su conocido talento cualquier borde que pudiese molestar en sus transiciones e incorpora a cada uno de los personajes según la ocasión sin más elementos que mínimas inflexiones de voz y corporales, en un ejercicio “esquizofrénico” de interpretación, infrecuente y maravilloso.
El encanto de Charlotte convertida en una fina dama, y la incertidumbre y el dilema moral que se le presenta a un perturbado Wright en algunos de los pasajes (sobre todo sus dudas por una posible complicidad de Charlotte con la Stasi, la policía secreta alemana), conviven en un clima que merced a las bellas luces de Felix Monti y a las manos maestras del director Agustín Alezzo, abordan un trabajo cuya teatralidad aflora en los detalles. Se trata de una puesta que con muy poco se vuelve barroca en el entramado de pequeños movimientos, en la identificación de rasgos y acciones que van de lo femenino a lo masculino pero remarcando la “singularidad” como un orden distintivo.
En la pieza, momentos de un sutil humor conviven con otros de hondo dramatismo, como aquellos en los que Charlotte llegará a confesar porqué mató a su padre, al que define como la encarnación del mal, o revivirá la confesión a su madre (“el bien”) acerca de porqué ella, convencida de sentirse “ella vagamente”, estará finalmente segura de que en ella (biológicamente un hombre), está su propia mujer, en un pasaje en el que la completud interpretativa de Chávez llega a su momento más inspirado. El cerrado aplauso final y un Chávez notablemente conmovido y agradecido fueron prueba de ello.
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