Dirección Lorenzo Quinteros
Interpretes Claribel Medina, Víctor Laplace, Rafael Bruza
Sala La Comedia, en gira nacional del teatro Cervantes - Rosario
Funciones Agosto de 2009
|
Quien haya leído (o visto) piezas como El clásico binomio, Club de caballeros o El cruce de la Pampa, sabrá que Tango turco, último texto escrito por el santafesino radicado en Buenos Aires Rafael Bruza (otrora integrante-fundador del grupo Teatro Llanura junto a Jorge Ricci), va por otro camino.
Entre el humor y el drama, aunque sin llegar a ser un melodrama, Tango turco, una producción del Teatro Nacional Cervantes que pudo verse en agosto en dos funciones en el Teatro Municipal La Comedia en el marco de una profusa gira nacional, es una propuesta que queda a mitad de camino, y que teniendo todos los elementos, no define puerto alguno a la hora de plantear qué quiere contar en realidad.
En ciernes, en Tango turco se narra la historia de una pareja de tangueros chantas (estereotipos argentinos de la proclamada viveza criolla), amantes clandestinos, que un día, para poder vivir libremente su amor, deciden pasar a mejor a vida al marido de la falsamente atribulada Amelia (Claribel Medina). Así, Rodolfo (Víctor Laplace) le pegará un tiro y juntos se escaparán a Europa perseguidos por el delito que acaban de cometer. Una vez allí (en España), buscarán un músico que los acompañe y encontrarán un guitarrista, El Libanés (el propio Bruza), con el que recorrerán distintos rincones del Viejo Continente, hasta perderse en medio de ensoñaciones y recuerdos vagos que, irremediablemente, los traerán de regreso a casa, aunque quizás el trío vuelva a convertirse en dúo.
En principio, la obra se revela como un homenaje al teatro, a los viejos actores trashumantes que llevan su arte por el mundo sin más equipaje que, en muchos casos, un dudoso talento. Pero el trabajo, más allá de la correcta dirección de Lorenzo Quinteros, tiene su mayor déficit en un texto que navega entre la conocida poética de Bruza y un pretendido humor que por momentos se vuelve forzado, extemporáneo, ajeno a la realidad de los personajes que en su viaje irán desnudando una pasión que se desvanece del mismo modo que el devenir del conflicto que juegan los personajes.
La puesta brilla en los momentos en los que Medina y Laplace interpretan algunos tangos clásicos (“Caserón de tejas”, entre otros), y hacen gala de su tránsito por la comedia musical, acaso el verdadero género que debió abarcar el texto de Bruza, que se ve favorecido en estos pasajes. Sobre todo, si se tiene en cuenta que Argentino y Argentinita, tal como deciden llamarse Rodolfo y Amelia para “despistar”, son producto del cabaret porteño, ese que brilló en los años 40 y que creó a su alrededor un imaginario de bataclanas y rufianes.
Por lo demás, desde todos los lugares, Tango turco sirve para el lucimiento de un espléndido Laplace, un actor de una solvencia y presencia escénica extrema, que hace gala de su oficio y que, por momentos, recuerda (homenajea y emociona) con sus mohines y fraseos a su recreación de Florencio Parravicini en la estupenda Flop, de Eduardo Mignogna.
De todos modos, se trata de un espectáculo pensado para un público que, más allá de tratarse de actores conocidos por sus desempeños televisivos, no acompañó las funciones tal como se esperaba. Quizás porque dos factores jugaron en contra del paso de Tango turco por La Comedia. En primer lugar el precio de la entrada general: 25 pesos no es un importe accesible si se piensa que se trata de un espectáculo popular que viene de una sala oficial y se está presentando en un ámbito municipal como La Comedia, que algún día debería abrirse a la producción teatral local. Y por otro lado, más allá de la aceptable cantidad de público de la primera función, el tercio de sala llena del domingo debió lidiar con la vuelta del frío que se vivió tanto afuera como adentro de la sala.
|