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Mirta muerta Un misterio a ser recreado
Passarini, Miguel
Dirección

Miguel Bosco

Interpretes

Esteban Goicoechea, Paola Chávez, Carlos Rossi, Ariel Hamoui, Nicolás Marinsalta

Sala

Centro de Estudios Teatrales (CET) - Rosario

Funciones

2009

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El policial negro, como género, adopta la violencia como detonante de conflictos y situaciones, y la intriga es el camino a seguir para desandar el relato. Tanto es así que en base a una intriga bien urdida siempre se consigue un comienzo atractivo (al que, obviamente, hay que sostener en el tiempo), sobre todo si se cuenta con buenos actores, un espacio acotado que provoca la mirada del espectador y una situación por demás de sugerente: tres hombres (Miguel, El Gordo y El Petiso), y una mujer (Sabrina) que no sabe si quiere seducir o matar, aunque quizás para ella se trate de la misma cosa.

Así se juegan las primeras y contundentes escenas de Mirta muerta, con guiños al mejor Tarantino por la misoginia de los personajes masculinos y la seducción peligrosa del femenino. Se trata de un trabajo del novel grupo Pata de Musa Teatro, aunque cuente en su staff con gente experimentada como Miguel Bosco, que en este caso asumió la dirección a partir de un texto de Esteban Goicoechea, quien además recrea en la obra a un abogado que llega para abrir el conflicto y generar algunos interrogantes.

En la prehistoria de la obra aconteció un asesinato y Mirta está muerta, al parecer se trataba de una prostituta reclutada por El Gordo y El Petiso para las huestes de un prostíbulo de mala muerte que va a regentear Miguel.

El abogado, que llega a partir de un aviso publicado en el diario, será el testigo de una recreación plagada de falsedad en la que los involucrados irán posicionando sus intereses en función de quedar mejor o peor parados ante el delito cometido. De todos modos, todos tienen algún grado de complicidad con el hecho o bien todos han cambiado sus identidades como estrategia para zafar de la condena.

En términos de un relato trasladado y enriquecido en la escena (dramaturgia de actores), el espectáculo se ve favorecido por el trabajo de los actores, todos correctos en su desempeño y donde se destaca Paola Chávez, por el modo en el que utiliza uno de los recursos ya vistos en trabajos anteriores sobre textos de Goicoechea como Intervenidos (ensayo Plosky): se trata de personajes de una impronta incierta, seres que dudan, que no tienen certezas, algo que parece convertirse en una marca del también autor de Blut! una pareja de sangre, espectáculo que se vio en el Fiba 2009. Además, la presencia de Sabrina (por momentos Mirta) se revela como otro homenaje al cine, esta vez a la inolvidable Doble de cuerpo (1984), de Brian de Palma.

Por otra parte, en el trabajo subyacen algunos interrogantes que a través de la metáfora que propone la acción dramática podrían salir a luz, por ejemplo, el rol de la justicia: ¿dónde está la justicia? ¿cuáles son los justos entre estos supuestos forajidos que quieren que una verdad salga a la luz?, ¿dónde están los culpables?.

Sin embargo, el grupo no puede escapar de una variante que parece estar socavando la hilaridad creativa de los teatristas locales. Se trata de la brevedad que no es otra cosa que una moda: apenas 50 minutos no alcanzan si lo que se busca es desentramar semejante juego de vínculos. Y por lo tanto, se recurre a un final apresurado, que no aporta nada, que se vuelve obvio y que, en cierta forma, echa por tierra todo lo construido hasta el momento.

Se trata de un tiempo del espectáculo en el que se apartan de los riesgos asumidos al comienzo aunque no se alejen de la convección del policial negro (la que funciona para el cine y la literatura) y que tiene que ver con que la resolución del misterio no es lo importante, dado que pareciera que nunca se sabe quiénes son los culpables. De todos modos, sí se alejan de la necesidad que plantean estos individuos de encontrar la verdad (una verdad posible, en todo caso) que los aleje de un destino de perdedores, derrotados, forajidos.

Se trata del punto en el que el espectáculo se pierde en el planteo de las situaciones: no se juega por ninguno de los atajos mostrados en el marco de un conflicto que pide a gritos una resolución más contundente o, al menos, interesante.

Del lado de los aspectos técnicos, pocos elementos lumínicos, en su mayoría operados en la escena por los mismos actores, dan a la puesta una verosimilitud que se asemeja a la de un set de filmación, del mismo modo que la música, oportuna y decisiva a la hora de aportar dramaticidad.

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