Dirección Eylon Nuphar y Boaz Berman, con el asesoramiento artístico de Giuliano Peparini
Interpretes Once actores, bailarines y performers de diferentes nacionalidades
Sala Salón Metropolitano - Rosario
Funciones Agosto de 2009
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“El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho, el tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; él es el tigre que me destroza, pero yo soy el tigre. Es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego”. De este modo resumió magistralmente Jorge Luis Borges su percepción de algo tan intangible y a la vez tan irremediable y demoledor como el paso del tiempo (una de sus mayores obsesiones), problemática
disparador del último espectáculo de la compañía israelí Mayumana, que pasó en agosto por en el salón Metropolitano de Rosario en el marco de una breve temporada en la ciudad.
La presencia de dos enormes relojes de arena en los laterales del escenario hablan a las claras de que el tiempo es la materia que dio carnadura a Momentum, un viaje lisérgico por lo desconocido, lo festivo, lo ritual, un espectáculo mágico, inspirado e inspirador y de impactante factura, con el que la compañía gira este año por Latinoamérica. Parecería que el gran interrogante de la propuesta fue: ¿Se puede detener el tiempo imponiendo en forma arbitraria nuevas normas que condicionen nuevas realidades por fuera de las ya conocidas? ¿Se puede volver el tiempo atrás? ¿Se puede repetir un momento vivido que por maravilloso siempre trae el pasado al presente? Para Mayumana, todo se puede.
La visión del espectáculo deja en claro que aquello que en apariencia es intangible (el tiempo) late en el cuerpo y no en otra parte. Así, el tiempo de los relojes y el tiempo de los latidos cardíacos son la génesis de un recorrido rítmico, multicultural y colorido, en el que el grupo ha sabido sumar a su conocida habilidad física un universo poético que pone distancia de propuestas anteriores donde la destreza (de hecho Mayumana, del hebreo “meyumanut” remite a ese vocablo) era el gran paradigma.
Escenas individuales y corales hilvanan un recorrido en el que la música del mundo se filtra en medio de los ya conocidos efectos de percusión disparados a partir de cajas cuya sonoridad se multiplica, como la de todo el espectáculo, merced a las estratégicas ubicaciones de micrófonos que amplifican el campo sonoro en un espacio escénico en el que conviven once artistas-performers y un sinnúmero de asistentes-tramoyistas que no se ven pero que están detrás de escena habilitando las potencialidades del espacio escénico.
Es así como la multiplicidad es otro de los signos de la propuesta: lo que comienza siendo un escenario a la italiana (frontal) se articula de formas diversas para albergar un sinnúmero de cuadros a través de los cuales (y también a diferencia de trabajos anteriores) los recursos están optimizados; nada está porque sí, todo tiene su correlato narrativo, cada elemento, simbólico en sí mismo, aporta al “cuento” que se está contando.
La gran fantasía de los relojes (los propios, los ajenos, los tangibles, los que parecen proyectados a través de una pantalla) se vuelve una señal que se amplifica en el agotador pero estupendo trabajo corporal de toda la compañía, que ahora ha sacado a relucir no sólo su potencial a la hora de la destreza, sino también las voces y la actuación, fortalecida por el humor físico y gestual y la incorporación definitiva del público, el otro gran protagonista que, más que nunca, juega en Momentum con el “aquí y ahora”.
El sonido del agua, la polifónica presencia del beat box (imitación bocal de los sonidos de una batería), un puñado de guitarras violetas (en claro homenaje al cuerpo femenino, en uno de los momentos más frescos y disfrutados por el público, que fue incluido), un berimbau, un pandeiro o un tambor multiplicados por
samplers (pura poesía en escena), del mismo modo que todas las variantes imaginables de las llamadas danzas urbanas y hasta la belleza pueril de los recursos del Teatro Negro, están en escena ingeniosamente dosificados.
Una puesta de luces entre onírica y sensual es otro de los condimentos del show que, lejos de apelar porque sí a la tecnología, ha hecho de la utilización de ésta (en contraposición con lo que suele verse) un verdadero prodigio, poniéndola a la altura de tal y utilizándola como un recurso que desarrolla las posibilidades del cuerpo en escena. Pero no todo es tecnología (samplers, luces robóticas, proyecciones en vivo y grabadas y hasta un DJ): aquí la simpleza, la perspicacia y la experiencia también dejan una huella importante.
Sin embargo, nada de lo que pueda decirse de este espectáculo podrá aproximarse al gozo de su visión. La funciones en Rosario, y como ya es costumbre de la compañía, cerraron con una afiebrada batucada que partió del escenario para terminar frente a la playa de estacionamiento del Shopping Alto Rosario. Allí, por otros quince minutos, los Mayumana siguieron entrelazando su singular vínculo con el público que bailó, saltó y disfrutó de una propuesta de esas cuyas imágenes quedarán por largo tiempo en la memoria, porque Mayumana logra, al menos por un “momentum”, que el tiempo se vuelva “sustancia”.
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