Dirección Rubén Szuchmacher
Interpretes Humberto Tortonese, Martín Urbaneja
Sala Auditorio Fundación Astengo en gira nacional - Rosario
Funciones 2009
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Algo extraño sucede cuando se trae al presente (no temporalmente sino que regresa a escena), un texto que en su momento, dada su construcción y su autor, entre otras singularidades, generó polémica, movilizó, hizo pensar, corrió velos. Pareciera que los textos, más allá de su calidad, pueden envejecer si no se los “acerca”, si no se los ata a un presente concreto como anclaje narrativo y posible. La prueba está en la versión del clásico de Manuel Puig El beso de la mujer araña (nadie puede poner en duda la calidad de un autor extraordinario), que con dirección de Rubén Szuchmacher, producción de José Miguel Onaindia, y las actuaciones de Humberto Tortonese y Martín Urbaneja, pasó por el Auditorio Fundación Astengo, en medio de una aparente crisis que vive el teatro comercial en Rosario (debió suspender una segunda función , y no fue la única suspensión de octubre), quizás porque el público que suele ir a ver ése teatro tiene ahora puesta su atención en el mega casino que se acaba de inaugurar en la zona sur de la ciudad.
La historia es conocida, quizás más que por su versión teatral, por la que rodó a partir de la novela Héctor Babenco, en 1986. Dos hombres, Molina y Valentín, comparten una celda en plena dictadura militar en la Argentina. El primero es homosexual, está preso por corrupción de un menor, y añora a su madre enferma. El otro es un preso político en ebullición, que enfrenta todo, iincluso la tortura, con un estoicismo ajeno a lo humano, vive en pos de una lucha política que no le permite “vivir el momento”.
Molina (Tortonese) es quien, con su nostalgia de bolero y folletín, comienza a tejer una “telaraña” de palabras e historias que terminan seduciendo a Valentín, erguido siempre detrás de sus ideales libertarios aunque en el fondo compasivo frente a un Molina que sueña con “ser mujer”, y que le describe con lujo de detalles la historia de otra mujer, una mujer pantera, y sus extraordinarios amores.
La relación es compleja, se sabe. Tan compleja que la resolución tradicional del teatro, con escenografía de una celda, dos camas y una mesa, casi ya no funciona. La dirección de Rubén Szuchmacher, quien en este momento tiene en cartel en Buenos Aires una estupenda versión de Rey Lear y a quien se lo conoce por su sabiduría a la hora de dirigir actores, transita por una media en la que carece de matices. Podría decirse que es correcta (término terrible tratándose de teatro), pero que reniega de toda posibilidad de sorpresa. Si Tortonese es quien trabaja durante todo el espectáculo por correrse de su conocida vis cómica (el público se ríe sin cesar ante gran parte de sus parlamentos y acciones, y está claro que no se trata de una comedia), es Urbaneja quien se esfuerza por retratar a Valentín, aunque por momentos el esfuerzo lo lleva demasiado a los límites. Independientemente de algunos pasajes más o menos logrados, la puesta acumula una serie de factores que distancian. En primer término, la decisión de que el texto, a rajatabla, aparezca tal cual fue escrito, y se sabe que el mundo del teatro exige reinterpretaciones, independientemente de que aquí se partió de la consigna de respetar el texto teatral escrito por el propio Puig en 1980, ya cansado de que, con la excusa de “versión libre”, robaran fragmentos o la totalidad de su novela. Por otro lado, y ante la misma decisión de respetar el texto (incluso la didascalia, es decir lo que el autor “recomienda” entre paréntesis en medio de la escritura), los sucesivos apagones y el off que cuenta esa otra parte de la historia de Molina y su complicidad para “hacer caer” a Valentín, distancian aún más.
De todos modos, quizás sea el final, en la quietud de los personajes en la penumbra, donde el off cumple su verdadera función. Por lo demás, todo el trabajo carece de juego, no pone en riesgo nada, porque quizás la idea de juntar en una celda a un homosexual con un preso político ya no sea riesgosa; pero tampoco conmociona el clima de melodrama tan propio de Puig, y ni siquiera la escena de intimidad entre los dos personajes como el beso del final, consiguen el objetivo de provocar algo en el espectador.
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