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Tartufo, el impostor Las múltiples caras del exceso
Alfonso, Fausto José
Dirección

Claudio Martínez

Interpretes

Francisco Carrasco, Aníbal Villa, María Belén Cherubini, María del Valle Pereira, Eva Rodríguez, Dardo Boggia, Juan Pablo Lemos, Matías González, Silvia Saboini, Gabriela Mazzaresi, Rebeca Elizabeth Echevarría, Federico Jiménez, Mario Andrés Jara

Sala

Teatro Julio Quintanilla - Mendoza

Funciones

2008

Elenco

Comedia Municipal Cristóbal Arnold

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Hay muchos motivos para pensar que con su Tartufo la Comedia Municipal Cristóbal Arnold derrocha recursos con el único fin de cumplir con un público afecto a la extroversión y la previsibilidad. Y es que la puesta de Claudio Martínez reduce la obra de Moliére a un enredo doméstico sin proyección social alguna, pero con la suficiente batería de gags y muletillas como para que la platea “vea y oiga” el trabajo que se ha hecho.

Así, despejando toda sutileza hacia el margen, la trama avanza entre escupitajos, amaneramientos, discursos con reverberancias, eructos, pedos y alguna otra delicadeza que, ciertamente, planteada por primera vez, puede resultar graciosa, para luego hundirse en el fango de lo burdo y esperable. Ojo, hacer humor de lo escatológico es todo un arte y, para mal de la Comedia, dos días antes de su estreno, Alfredo Casero pasó por Mendoza dando muestras de ello.

El caso es que entre tanta afectación (lo de María del Valle Pereira –la actriz más vitoreada por el público– es de un exceso pocas veces visto en Mendoza), poco queda de aquella oscuridad fruto de la alianza entre el poder paternalista y el más astuto de los hipócritas.

De hecho, la puesta acusa un brillo formal-visual sostenido, desechando cualquier claroscuro que ayude a acentuar intrigas o que oficien de contrapunto a tanta “vitalidad” escénica (los excesos remiten también a forcejeos, caídas, golpes y cachetazos, las más de las veces gratuitos). Esa falta de matices lumínicos se traslada, obviamente, a lo narrativo. Entonces, el resultado es un espectáculo veloz, pero sin ritmo.

Todo lo que ocurre tiene la misma jerarquía y esto permite que el tedio avance simultáneamente a las dos horas que dura este Tartufo. Hay escenas (como la de Orgón tratando de convencer a Mariana de los beneficios de casarse con el embaucador) que se hacen interminables. Y otras, con buenos momentos actorales (como Tartufo/Francisco Carrasco seduciendo a Elmira/María Belén Cherubini) que igualmente merecen una buena poda.

Aunque la iconografía escenográfica remite presumiblemente a la época del autor, el cruce de estilos entre molduras, falsos vitreaux, sillas, retratos de familia, confesionario y otros accesorios, es un tanto arbitrario. Pero su asociación al vestuario y el maquillaje (los dos rubros más logrados) atenúa esa cuestión y el conjunto luce atractivo y funcional.

Sin dudas, hacer un Moliére siempre supone una prueba de fuego, un desafío, para los intérpretes más jóvenes; y una mano de buen lustre para los de más experiencia. Pero ante la falta de síntesis y de contención, aquí se impuso un desborde para nada beneficioso.

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