Dirección Claudia Cantero
Interpretes Ignacio Amione, Maximiliano Fonseca, Alejandro Garcia, Juan Nemirovksy, Lumila Palavecino, Lucrecia Panzia, Carolina Torres
Sala Espacio Madma - Rosario
Funciones diciembre 2008, marzo 2009
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A principios de este siglo, la escena porteña comenzaba a dictar las coordenadas de un teatro que vería atravesados sus conflictos por ciertos giros en los que la violencia se transformaba en un paradigma, del mismo modo que el mal. Se trataba de algo que, en la mayoría de los casos, no podía expresarse de un modo directo y, por lo mismo, ciertas metáforas respecto de los conflictos narrados servían para comenzar a desentramar eso “violento” que se percibía. La violencia que brotaba a borbotones en la cotidianeidad de aquellos años (sobre todo a fines de 2001) se impregnaba en las tramas del teatro con arquetipos que llegarían para quedarse y reproducirse en todas sus formas. De ese modo, diferentes tipos (registros) de violencia enunciados a través de personajes reconocibles traían al presente las formas de un realismo del pasado que, como dice el director porteño Ricardo Bartis, responde “a un teatro en el que se entiende el relato (realismo) y donde la abstracción está en la actuación”.
Ahora, en Final por knock out, de la actriz, directora y docente rosarina Claudia Cantero (Mabel, De nuevo la furia), no casualmente discípula de Bartis y elogiada por su trabajo en De mal en peor, vuelve a aparecer ese mismo tipo de violencia inclasificable, una violencia que desata una tragedia. Según adelanta el programa de mano de Final por knock out (una de las obras ganadoras de Proyectos de Coproducciones Municipales 2008 de Rosario), la acción transcurre en 2003 (de todos modos bien podría pasar ahora, el tiempo no infiere en lo dramático). En la raíz de un “singular” árbol genealógico especificado en el mismo programa, aparece Armando Méndez, un militar de bajo rango vinculado a la última dictadura. Los hermanos Méndez, hijos de quien estuviera emparentado con “la desaparición de personas vinculadas a organizaciones obreras” (realidad histórica a la que sólo se accede si se lee detalladamente el referido programa), se reúnen en la casa de uno de ellos para festejar a la medianoche el cumpleaños de una de sus cuñadas.
Cierto clima snob plantea una marca tanto a nivel estético como discursivo que se mantendrá hasta el final. Poco a poco, los diálogos, irregulares en su construcción, irán aportando algunos datos (pocos) acerca de los vínculos, tomando como bisagra la presencia de uno de los hermanos ataviado con guantes de box y revelado como una metáfora de aquél que a los golpes se defiende de un entorno que no soporta. Algo pasó en este grupo de personas seis meses atrás en un club privado al que concurrían todos: se trató de una tragedia, una muerte enrevesada por una trama de sexo, dinero, droga y poder que será el soporte de una nueva tragedia, lo que enfrenta el dilema a una especie de elipsis shakespeareana. La idiotez y la medianía de algunos de los personajes, su labilidad ideológica por momentos perversa, recuerda a la maravillosa Los idiotas, segundo registro en formato Dogma 95 del danés Lars von Traer, sobre un grupo de personas que hace apología de su irremediable estupidez. Tanto es así, que el disparador de la propuesta dramática de Cantero, quien se ocupó de la escritura del texto a partir de improvisaciones de los actores es, en ciernes, sumamente interesante, sobre todo si se toma como referencia o antecedente directo De nuevo la furia, su espectáculo anterior en la dirección, que contó con la colaboración en dramaturgia de Leonel Giacometto. Allí también un grupo de personas se encontraban en una fiesta (de fin de año) y lo trágico (aunque con un soporte ideológico más claro) también aparecía, aunque prevalecía la sorpresa.
Sucede que ahora la inconsistencia narrativa de una serie de atajos abiertos para contar el verdadero conflicto no conduce a ninguna parte. Todo aquello que al parecer disparó las improvisaciones se diluye en discursos vacuos, en un aparente riesgo que se vuelve inconducente y aburrido. Sobre la mitad del espectáculo, las “bulliciosas” escenas corales, claramente coreografiadas, se comprimen para dar fuerza a la historia: los pasajes en los que los hermanos hablan casi en código y ante la ausencia de las mujeres, dan un vuelo a la austera puesta que hasta ese momento navega en la chatura. De esos pasajes se destaca la labor del estupendo Juan Nemirovksy (Madagascar, Los invertidos), la única actuación convincente en el marco de una puesta que abreva en el realismo y donde el espacio escénico bordea la pequeña platea de la sala Madma, obligando al espectador a poner atención en los detalles, frente a actores a los que les cuesta sostener los personajes y cuyos actos son juzgados tanto desde la dramaturgia como desde la dirección.
Pero, lamentablemente, lo bueno dura poco: un final intempestivo y apresurado echa por tierra cualquier posibilidad de salvación. Aquello que se dice en el programa de mano es apenas el antecedente de un espectáculo breve en el que se priorizó la limpieza y la síntesis por encima de cierta desprolijidad que muchas veces se vuelve necesaria.
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