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Más obras...
Booonino La visita de un desconocido
Molinari, Beatriz
Dirección

Marcelo Massa

Interpretes

Paco Giménez, Gonzalo Dreizik

Sala

Centro Cultural España-Córdoba - Córdoba

Funciones

2007

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Acelga, silbido, girasol, silbido, trabajos de jardinería en el huerto. Dos actores arman secuencias de acciones disparatadas sobre una tarima en el primer patio del Centro Cultural España-Córdoba. Paco Giménez y Gonzalo Dreizik protagonizan un encuentro delirante, un salto en el tiempo, en homenaje a Jorge Bonino, el actor-arquitecto que murió en la Colonia psiquiátrica de Oliva, después de haber maravillado a los públicos del país y de Europa con su lenguaje irrepetible.

Bonino ya no está. Ni rastro ha quedado de su modo de hacer teatro; que no era tanto un arte de la representación, sino, más bien, una visión del hecho dramático, lúdico, personal, único e hipnotizante.

El director Marcelo Massa reproduce en Booonino la operación de sentido con que Bonino se acercaba a los temas. Abordaba la inmensidad con asociaciones extrañas, como ocurre en el cantero de verduras, del que Paco Giménez desentierra un teléfono. La obra ofrece una línea del tiempo en la historia de la Humanidad, un bosquejo de frases de manual escolar, encadenado con algunas palabras y pantomimas. Los actores se entregan a esa rueda del devenir, en nombre de Bonino. Han dicho que no copian ni repiten un libreto original del homenajeado: la tarea sería imposible y la aventura, un fracaso. Sí, juegan a ser Bonino, los dos de mameluco, poniéndose una acelga en la cabeza, como si fuera el tocado de Isabel La Católica. Son seres del génesis o del renacimiento que se mueven en una escenografía mínima, en la que predominan los mapas, síntesis del mundo a conquistar, de la empresa de Bonino, perdida en el tiempo y rescatada por un puñado de memoriosos. Los actores trazan un recorrido por los hitos de la historia, archiconocidos, dichos o traídos de los pelos en un ejercicio de pantomima.

“Dios está solo”, dice Paco y anuncia un plan “B”. “Digan ‘B’”, pide. Un mundo de pelota rebota en el público que empieza a devolver el cumplido. Booonino funciona. Más que un espectáculo, es una breve celebración, en la que el actor es la medida de todas las cosas.

Patio a patio, actores y director urden un encuentro. Al final, hay un duelo de ritmos: chacarera, zamba, tango. Se escucha la voz de Bonino en off, diciendo un texto indescifrable. En el último patio, a cielo abierto, los actores comienzan a lanzar pelotitas; sacan el cotillón para un happening tranquilo, naif. Comienza la cuenta regresiva, hasta que la pantalla devuelve el rostro de Bonino, robado a una filmación que se salvó de la jugada del destino. Hay algo que no pertenece al teatro en esa mirada que cruza el patio. Booonino es un recuerdo con forma de homenaje; para muchos (un par de generaciones), la presentación de un actor, considerado genial, y desconocido. Una flor de los 60 que se deshizo en el aire.
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