Dirección Gladys Ravalle
Interpretes Andrea Cortéz, Francisco Molina, Bachi Buttini, Diana Wol, Lucy Fernández, Miguel Calderón, Valeria Portillo, Beto Di Césare, y David Maya. Escenografía: Francisco Suárez Viè
Sala Teatro Mendoza, Teatro Quintanilla - Mendoza
Funciones 2007
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Aunque la obra no corresponde al período épico de Brecht -la escribió en 1919- La Boda de Gladys Ravalle es un prospecto detallado del teatro de la alienación. En su banquete se sirven todos y cada uno de los elementos del teatro brechtiano sazonados con urticante humor.
El festín comienza en el foyer. Allí entendemos que sólo somos invitados y no partícipes de la fiesta que vamos a presenciar. Nos reciben los protagonistas encabezados por el acordeonista (Beto Di Césare) quien toca una musiquita irónica, logrando un efecto emocional adverso al esperable.
Llevan la cara zurcada por una gruesa línea de maquillaje, recurso del distanciamiento que se completa con otros tales como canciones que interrumpen la escena (vals Desde el alma), congelamiento de imágenes (a veces para subrayar el hastío de los personajes), o parrafadas pronunciadas como autómatas (cuando la novia describe las virtudes del armario).
Las actuaciones responden al patrón de los arquetipos, y aunque todos respetan el paradigma, sobresalen las interpretaciones de la señora (Lucy Fernández), quien hace oportuno uso de la ponzoña ventilando los ttrapitos al sol de toda la parentela. El marido (Miguel Calderón), pintura del pusilánime que estalla ante la presión de su mujer. El padre de la novia (Bachi Buttini), con cansinas e intrascendentes anécdotas. Y el hombre, cantor y guitarrero (David Maya), un perfecto amante sotto voce.
En cambio, los novios (Andrea Cortéz y Francisco Molina), de quienes se espera mayor protagonismo en el que es su festejo, pasan por altibajos en la representación. Él, olvida actuar cuando no tiene texto que pronunciar. Ella, inconstante en el compromiso con las distintas escenas.
Con esta puesta, Ravalle logra acercar a Brecht al gran público. Que sin ser conocedor de la técnica, disfruta cómplice de las habladurías silenciadas sobre la chica que se casa embarazada.
Las sillas que se van quebrando, de ese mobiliario artesanal, son alegoría de la sacralización del matrimonio que se desmorona, dejando como saldo la risa amarga. |