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Más obras...
Madam Báthory (Condesa sangrienta) Gozosa inyección de sangre
Alfonso, Fausto José
Dirección

Luciano García

Interpretes

Marta Neme, Natasha Sirera, Jesica Echegaray, Juan Prieto

Sala

Luis Politti - Mendoza

Funciones

2006

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Al grupo Dos Huérfanos se le ocurrió montar una suerte de mini ópera trágica, nocturna y morbosa bajo el rótulo de Madame Báthory. Y lo bien que hizo. Con escasas excepciones, los elencos mendocinos han dejado de apostar al riesgo, adoptando una actitud servil para con el espectador (inimaginable un lustro atrás en esta misma plaza), como si la escena debiese asumirse como espejo acrítico de lo peor de los mass media. Un especie de sancochado precocido para seguir dopando al provinciano.

Muy lejos de este panorama se inscribe entonces el clan que lidera Luciano García y que, para ser justos, no nació con una fórmula infalible ni ha desarrollado un recorrido con méritos parejos. Pero sí es innegable que, con sólo ver algunos de sus trabajos, se evidencia voluntad para investigar y experimentar, ausencia de preconceptos tanto como de especulaciones, y explosivas combinaciones estéticas (lo de “Teatro sin identidad”, que propugna el grupo, anda por ahí) que, sin embargo, no caen en osadías gratuitas ni en mojadas de orejas al público. Dicho sea de paso, el grupo ha generado una nada desdeñable corriente propia de público, que refuta los comentarios acreca de un teatro que excluye al espectador y sólo se mira al ombligo.

Cangrejos, Juegos de damas crueles, Medea muerta son algunos de los títulos de Dos Huérfanos y a los que ahora se suma Madame Báthory (estrenada casi en simultáneo con otro trabajo, Bordenegro). En esta puesta, la atmósfera oscura, de pesimismo, fatalidad y romanticismo frente a la juventud que se va perdiendo, se complementa con una claridad conceptual que va siempre en una misma dirección aunque se le puedan atribuir múltiples connotaciones. Ese claroscuro que hace al contenido y su forma le permite al grupo poner en juego una serie de recursos icónicos y sonoros que enriquecen el conjunto sin descuidar la mira en los objetivos planteados, es decir, sin bifurcaciones inútiles. Como en Medea muerta, la banda sonora asume un rol esencial en la definición del registro elegido. En aquella oportunidad posmoderno y aquí cruza de gótico con pánico. Y aún cuando el segmento musical escogido no se ajuste estéticamente a ese cruce, su uso irónico en un momento adecuado justifica plenamente la elección. Tal es el caso de la inclusión de “La urraca ladrona”, de Rossini, en abierto y respetuoso homenaje a La naranja mecánica, de Kubrick, durante una larga escena, orgiástica y extenuante tanto para actores como para espectadores.

Ya de entrada nomás, Madame Báthory impresiona bien con su ritual mudo y fetichista que nos pone al tanto de la vocación de esta condesa húngara del siglo XVI: asesinar a cuanta jovencita anduviese por ahí con tal de beber su sangre y perpetuarse bella y jovial. Una introducción que prescinde de todo lugar común que haga al tema del vampirismo y que sella con firmeza el tenor de este espectáculo que escasamente llega a la hora, de modo intenso y creativo.

Según el texto ideado por García, partiendo de un trabajo que Alejandra Pizarnik hiciese sobre Erzsébet Báthory, para ésta “es la personalidad y no los principios los que promueven una época”; y “es el amor una fuente extraordinaria del crimen”. Dos reflexiones que -juntas- nos conducen hacia inevitables asociaciones con los excesos del poder, la justificación de cualquier medio “para”, etcétera. Pero si bien el mismo grupo impulsa este tipo de reflexiones en sus entrevistas previas al estreno y aspira a que las historias escogidas anclen de algún modo en las miserias históricas y cotidianas, no es tan importante aquí buscar y rebuscar en la metáfora para otorgarle categoría de seriedad al asunto. Es más, quien esté pensando todo el tiempo en ello, se perderá el placer directo, siniestro sí, de esta ceremonia huérfana que le inyecta un poco de sangre a la escena local. Incluso cuando el tono sentencioso o demasiado severo de algunos parlamentos atente contra la fluidez del conjunto de la oralidad.

La puesta juega con la triangulación, tanto en lo lumínico como en lo actoral-coreográfico: en un vértice, el poder, y en los restantes, lugares para los adulones y las víctimas. Pero, efectivamente, el esquema esconde un “triángulo de cuatro”, ya que una de sus caras contiene ese “espejo de la melancolía” que a la Báthory tan mal le hace.

Dos Huérfanos nos viene acostumbrando a una galería de mujeres potentes, espesas. Con Madame... se mete un poco más en la ambigüedad de sus modelos femeninos y encuentra en Marta Neme a una actriz que concentra el vigor y la debilidad necesarios para la chupasangre.

Curiosamente -o no- esta puesta no superó siquiera la fase de preselección para la Fiesta Provincial del Teatro. Se eligieron 12 obras sobre un total de 27, en el marco de un procedimiento sospechoso que parece connotar que tanto estos huérfanos como algunos pocos más deberán seguir pagando el precio de no apostar al populismo, al panfleto político o a la risotada de Guasón.

















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