Dirección Tania Casciani
Interpretes Daniela Garis, Gisel Miranda, Estefanía Ferraro, Gisela Di Lauro
Sala Actores Mendocinos - Mendoza
Funciones 2006
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El elenco La Brújula Teatro forma parte de La Melesca, un colectivo interdisciplinario cuya razón de ser es “producir arte con lo que queda, con lo que dejaron, con lo olvidado; es remontar un espacio derruido y proponer su reconstrucción”. Con la creación colectiva Agua de Tamarindo, el grupo se presenta en sociedad, con más sensibilidad que rigor técnico y con atendibles ideas, aunque no siempre con resultados a la altura de ellas.
Antes de ingresar a la sala, una atinada instalación insinúa aspectos del montaje teatral y del rosario de temas a recorrer sin prisa ni pausa en apenas una hora. De entrada se puede olfatear religión, femineidad y pueblo, al estilo de un imaginario tipo Lucrecia Martel. En este caso, las peripecias se desarrollarán con Santa Rita como guía y acentuando un personaje infantil que condensa la ingenuidad y el sentido común de todo pueblerino, antes de que un cataclismo lo obligue a crecer de golpe.
El timming dispuesto por la directora Tania Casciani para cada escena y para el conjunto es el adecuado. Vuelve disfrutable el devenir de los acontecimientos y permite mantener nuestra atención -aún cuando hay simultaneidad de acciones- sin apabullamientos ni demoras innecesarias. La música -en buena medida de acento andino- está aplicada con criterio.
Pero, ese tiempo acertado, que va y viene en una sucesión de flashes delicados, no siempre encuentra en las actuaciones a sus mejores aliadas. Cuando no es el exceso de caricatura (la niña Elsita, Estefanía Ferraro) es la endeblez de un personaje a medio resolver desde lo físico y lo temperamental (la Tía Dorotea, Daniela Garis), el parcial aprovechamiento de los momentos intimistas (Inés, Gisel Miranda) o el accionar titubeante en escenas clave (como Tacha, Gisela Di Lauro, cuando se reencuentra con la hermana a la que creía perdida; una de las escenas más interesantes, pero menos lograda).
Agua de Tamarindo circula por un escenario despojado, en el que los pocos objetos que aparecen y desaparecen se manipulan o instalan con gran carga simbólica. En ese marco (que se presume es un lugar de campo casi cercano a un paraíso, hasta tanto el agua no suba o el cielo no reclame a los seres queridos) cuatro mujeres emparentadas susurran o despotrican en función de las alegrías o penurias familiares. La ausencia de personajes masculinos otorga un misterio adicional a la trama, que está muy lejos de la proclama feminista y muy cerca del alegato contra la desprotección.
La soledad, la frustración, las elecciones, la condición femenina, la búsqueda de la salvación en la ciudad y la culpa, son tópicos que se cruzan una y otra vez; y que lo hacen desde un texto valioso, fragmentado y no exento de poesía.
Es esa misma poesía lo que parece haber llevado a Casciani a resolver la puesta desde un realismo estilizado, sutil, con leves toques mágicos, pero que no termina de cerrar del todo justamente por la inexperiencia (y no por su juventud) del elenco. Dicho sea de paso, una debilidad común a muchos grupos mendocinos actuales, donde los intérpretes se ven sobrepasados por la espesura de lo que verbalizan.
Sobre el final, aquel mismo texto poético se enrarece en su calidad, cuando pasa de los agridulces apuntes familiares -en la línea tragicómica de Arístides Vargas pintando sus frescos de familia- a la dimensión metafórica, pero burda, de un país hecho trizas por políticos de poca monta. Un país que a fuerza de tanto abuso y descuido se anegó.
Evidentemente, ese giro de lo íntimo a lo social no se trata de un capricho ni de una especulación, sino de la búsqueda abierta de un compromiso con la actualidad, la identidad y la naturaleza. El sonido de un helicóptero delarruista que se pierde, un monstruo político de tres cabezas y lengua demagoga, o algún otro recurso oral o visual usado como alusión a la historia actual o reciente, quizás funcione en lo inmediato pero finalmente le resta coherencia a la atmósfera por la que Agua de Tamarindo rema durante su primera mitad.
Buceando en la plataforma filosófica de La Melesca y, por ende, de La Brújula, nos encontramos con que: “toda experimentación y trabajo en el campo de la producción artística está sostenido en la reflexión y en una relación que nos resulta fundamental: aquélla que se establece entre lo que enunciamos por medio de la producción artística y el contexto social de enunciación donde se inscriben las obras. La conciencia de esta relación constituye la piedra angular de nuestro posicionamiento estético al tiempo que desplaza de nuestro horizontes toda perspectiva ‘artepurista’ o esteticista”.
Citado esto, queda claro que no es la seriedad de la propuesta lo que se cuestiona, sino sus atributos artísticos, que aunque no hayan perdido del todo su brújula ni culminen haciendo agua, tampoco terminan de cuajar. |