Dirección Walter Neira
Interpretes Laura Volpe, Raúl Benaventos
Sala Viceversa - Mendoza
Funciones
Producción técnica Teatro Viceversa
Mobiliario Reboredo, Embrioni
Diseño gráfico Estudio Saavedra & Barros
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Así se llamaba uno de los pocos programas argentinos de tevé que incursionó en el género terror, allá por los 80. Pero es, además, lo que le toca vivir -de modo recurrente- al personaje masculino de La Pesadilla, la atractiva propuesta que Viceversa ofrece con aroma a film negro, melodía y acción minimalistas y modernas pinceladas de estridencia.
Como en su puesta anterior, Subte, el elenco que conduce Neira (o él mismo) pareciera querer desprenderse de sus justificados oropeles antinaturalistas cosechados durante dos décadas. Pero a diferencia de aquélla, en esta obra del español González Gonsálbez, compactísima y muy cerebral, se conservan ecos de la turbiedad atmosférica de antaño y cierta sonoridad que incomoda, aunque sólo termine por perturbar al protagonista.
La puesta es, por un lado, un reconcentrado de elementos: texto, música, actuación, vestuario y escenografía están perfectamente descriptos escénicamente y delimitados en sus funciones. Son absolutamente concretos y, aislados, no tienen demasiada proyección, más allá de lo que denotan. Pero por otro, puestos en un mecanismo de reiteración, propuesto por la atrapante estructura de la obra, se vuelven ambiguos y se funden entre sí logrando un revuelto brumoso que hace honor al título.
La anécdota remite a un escritor que sueña, una y otra vez, que lo matan; sus charlas teléfonicas con Pedro, un productor; y las visitas de una dama de negro que es persona, pero es personaje. Con ínfimas alteraciones las situaciones se van repitiendo.
El gran mérito del director ha sido trasladar a escena la sutileza necesaria para ir desdibujando las fronteras que, en principio, separaban las tres capas: la realidad vivida por el escritor, la ficción que él produce y los sueños que padece. No sería caprichoso comparar esa disolución de límites con la que propone Philip K. Dick en su cuento Podemos recordarlo todo por usted (1966), que dio origen al film Total recall (El vengador del futuro, 1990, de Paul Verhoeven) o con la estructura empleada por Buñuel para El discreto encanto de la burguesía. La impotencia ya no la genera un hecho concreto, sino la imposibilidad de distinguir lo real de lo irreal, algo que el espectador comparte primero inconcientemente y luego con asombro. La imprecisión temporal también ayuda al conjunto. A juzgar por el mobiliario, el escritor parece detenido en los años 50 (esas sillas, esa pantalla, ese teléfono, esa Elena que lo visita así vestida), pero hay referencias verbales a los 70 (Triple A) y prácticas propias de los 90 hacia acá (como la delivery girl), amén de los asesinos a sueldo de cualquier época. La alteración de lo real se traslada a distintos detalles. Una foto burdamente trucada pretende generar culpa. El uso de periódicos (la realidad) se confunde (o nutre) con la ficción que se produce en el escritorio. Hay un montón de anónimos que vemos, pero otros tantos que se reclaman y no vemos.
A la buena faena de Raúl Benaventos, que va perdiendo su gracia doméstica a expensas del pánico y coloca bocadillos localistas en su justa medida, se suman las intervenciones certeras de Laura Volpe en tres personajes que aportan misterio, rutina y sorpresa respectivamente. La acidez y oscuridad humorística que ambos logran terminan por redondear un comedia negra, eficaz como entretenimiento y como reflexión.
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