Dirección Daniel Fermani
Interpretes Elsa Cortopassi
Sala Centro Cultural Lita Tancredi - Mendoza
Funciones 2006
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Palabras más palabras menos, Román Gubern alguna vez se refirió al cine de Ingmar Bergman como a aquél con el cual se puede no acordar, pero aún así merece un profundo respeto intelectual, por la seriedad de su planteo y la administración de sus recursos. Con la apreciación, obviamente, definía a muchos creadores; a todos esos cuya rigurosidad obligan a repensar cualquier apreciación crítica antes de sucumbir frente a apresuramientos irreparables.
Bajado aquel concepto de Gubern a la realidad teatral mendocina, cercada por una siempre prejuiciosa y reduccionista masa pensante, la obra de Daniel Fermani cuadra como buen ejemplo. Su tarea, personal, solitaria; de códigos intrincados, coherentes y para nada concesivos; admite (o debería hacerlo) el arco que va desde la admiración a la indignación, aunque sin margen para el cuestionamiento caprichoso, ligero. Sus producciones se cierran sobre sí mismas como esferas pulidas, prestas a hacer resbalar los comentarios improvisados.
Vinculado a menudo con los preceptos grotowskianos, la reinterpretación de la herencia griega, una dramaturgia de estricta musicalidad interna y un juego físico que lleva el rito hasta extremos extáticos, Fermani no especula con suedomensajes. Arrima su visión descarnada de un tema determinado, sin esperar el asombro inmediato ni la réplica infantil y/o polémica. Estamos frente a un tipo de teatro que grita muy fuerte, sin alzar la voz.
Tempus fue escrita en 1997, estando el autor de paso por Colombia. El texto fue dedicado a la actriz de ese país Esperanza Espitia. En Mendoza se estrenó en 2002 y ahora ha sido reestrenado, alentado con el subsidio Estímulo a la calidad del INT.
La propuesta escapa ligeramente a la generalidad de la obra de Fermani; primero, por tratarse de un monólogo, y segundo, por adjudicarse cierto aire (o quizás sólo brisa) "naturalista" en la actuación, aunque no en la puesta, cercana a una pesada ensoñación surrealista.
"Se crea una atmósfera que puede llegar a ser catártica para el espectador. El ingreso al interior de una persona, codificado bajo el signo de un tiempo. El ingreso hacia la gran angustia de todo ser humano, de que la vida termina y, más allá de lo anecdótico, está el deseo de quedar como semilla", precisaba Fermani allá por 2002.
La experimentada actriz Elsa Cortopassi (intérprete de ayer y de hoy) le hace frente con suma habilidad a un texto -y a un poema cantado- dificultoso, minado de imágenes y puntuado matemáticamente. Con el mérito adicional de aderezarle un falso baño de improvisación, como quien pretende hacer pasar a ese rezo atormentado como una construcción verbal del momento.
Tempus es una reflexión, por decirlo de algún modo, en torno de lo que no se asume a tiempo, de aquellas llagas que intentamos tapar a diario, de esas vergüenzas que nos van enterrando vivos. Ni bien comienza el espectáculo, el personaje se libera literalmente de una venda, para adentrarse en el terreno de la más despiadada confesión, que es aire puro y tortura.
Esta mujer, en una geografía y un momento imprecisos, (se) acusa y (se) defiende simultáneamente, mientras en su cabeza rebotan los alaridos de la niña que le toco, en mala suerte, ser. Está "encerrada en un espacio abierto", de proyección fantasmagórica, pero tapizado de tangibles hojas secas que ofician de colchón a su cuerpo, también seco, que sin embargo siente demasiado vivo como para matarlo.
"Fui mujer sin yacer entre los brazos de ningún amante. El hombre que yo esperaba nunca fue creado. A falta de dioses me quedé sola con mi cuerpo, un árbol de granito en medio de un desierto de barro. Me hubiera arrancado una costilla para enhuesar mi esperanza, pero estaba demasiado viva para matarme", confiesa la mujer.
El planteo de Tempus nos remite, una vez más, a Bergman. En este caso, precisamente a uno de sus films: Fresas salvajes (también conocido como Cuando huye el día). Tempus comparte con aquél el momento sublime de un balance; y el retrato de un desvarío, que aún habiendo estado siempre, se vuelve patente a propósito de ese balance, de los sueños incumplidos, de los recuerdos nefastos. Y comparte también la impotencia mostrada en clave surreal, en delirios sólo interrumpidos por un presente siempre amenazante, donde la carne no negocia el paso del tiempo. Un presente que pelea cabeza a cabeza con el pasado por hacer propio el trono de la angustia.
Para quienes no conocen el teatro de Fermani, Tempus se ofrece como la puerta alternativa de ingreso a un mundo espeso, repleto de jeroglíficos a desentrañar. Quienes lo conocen, seguramente disfrutarán de su recodo menos difundido. |