Dirección Claudia Cantero, Leonel Giacometto
Interpretes Patricia Armas, Nancy Barbero, Carlos Chiappero, Elisabet Cunsolo, Maximiliano Fonseca, Marina Giani, Florencia Lattuada, Julia Logiodice, Julieta Meinero, Alexis Muiños, Julián Ramaciotti, Andrés Rovetto, Carla Saccani, Alejandra Tineo
Sala La Morada - Rosario
Funciones 2006
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Hoy caminan con algún destino, aunque todo indica que estuvieron perdidos. Un mundo aciago les tocó en suerte (el de la posmodernidad) y siempre cuesta zafar de eso. Son catorce jóvenes actores. Jóvenes. Actores. Algunos debutantes. Hoy sostienen lo que alguna vez fueron materiales escénicos producidos en el contexto de un taller de actuación que la actriz y directora Claudia Cantero dictó el año pasado en la sala La Morada de Rosario y que se convirtieron, con el paso del tiempo, en la génesis del espectáculo De nuevo la furia. Se trata de esos mismos materiales en los que Cantero y el dramaturgo Leonel Giacometto encontraron "singularidades" que los llevaron a pensar esas improvisaciones (obviamente atravesadas por las historias de cada uno de los actores, algo inevitable a la hora de improvisar) como el puntapié de un espectáculo.
La historia, si es que aquí se puede hablar de historia o de hechos en el sentido convencional de la palabra, se desarrolla en la noche de un 31 de diciembre (todo indica que es la víspera de algo, aunque esa variable esté relacionada con la espera, con la "necesidad" de que algo pase finalmente). En ese marco, el de un casa más menos convencional y de clase media, un grupo de amigos (más o menos conocidos) comienzan a cruzarse. En esos últimos momentos, antes de que algo acontezca, empieza a aflorar la miserabilidad de cada uno, del mismo modo que la codicia y la xenofobia. Las elecciones políticas y sexuales se vuelven de este modo el punto de inflexión en el que la crueldad y la individualidad los vuelve a todos irremediablemente humanos y furiosos.
Hasta ese punto, el registro de la puesta remite al de la comedia brillante con toques de vodeville (las clásicas entradas y salidas por dos puertas son el signo más fuerte de esta particularidad). Sin embargo, un hecho cambia radicalmente el rumbo elegido en principio para virar la puesta hacia un tono más dramático, en el que, pareciera, cada uno se quita la máscara con la que intentaba, sin remedio, salvarse.
Sucede que hasta allí son (o eran) un grupo de amigos entre los cuales comienzan a filtrarse otros, desconocidos, y los discursos (propios y ajenos) comienzan a teñirse de un color diferente. La llegada de Ciro, personaje que si bien resulta extemporáneo a la puesta da sentido y plantea una ruptura tanto a nivel dramático como narrativo, es el referente que viene "del pasado" para contar aquello que la mayoría desconoce. Ciro llega para contar detalles de un sueño roto, el de una generación que ya no está, no por elección propia sino por una decisión ajena (por suerte el teatro permite esas licencias). De este modo, lo que en ciernes parecía vaciado de sentido, adquiere en el marco de la puesta múltiles significados: peronismo-antiperonismo, y el sueño revolucionario de los 70 irrumpen "raviosos" en el cuerpo y la palabra de Ciro para silenciar al resto.
Todo este proceso da como resultado una de las mejores puestas vistas en los últimos tiempos en la ciudad, por varios motivos. Por un lado, porque en el espectáculo se devela cierto riesgo (tanto a nivel dramatúrgico como desde los registros de actuación), algo a lo que el teatro local parece animarse cada vez menos hasta llegar a conformar una especie de vuelta a teatro burgués que marcó a fuego la mayor parte del siglo XX. Por otro, porque el hecho de trabajar con catorce actores se vuelve un desafío para cualquier creador, y éstos tuvieron la valentía de afrontarlo, confirmando que hoy, el lugar del teatro es la experimentación y no otro.
Un dato más a considerar es la ingeniosa apropiación del espacio. Abocados a la tentación de un afuera que deja entrar un aire que por momentos se vuelve imprescindible, el espacio escénico tradicional de La Morada se vio radicalmente modificado para la concreción de esta puesta (que viene de presentarse en el Festival Rafaela 2006), en la que el público se ubica en el lugar habitual de los actores y la entrada de la sala y los espacios de boletería, espera y baños son resiginificados como espacios escénicos, generando focos de atención (extraescenas) que si bien en pasajes no tienen un sentido narrativo, hacen a un "todo" en el marco del planteo general.
Más allá de un pocos desajustes a nivel de las actuaciones (propios del vértigo que genera semejante número de actores y de igual cantidad de cruces planteados, aunque no todos, obviamente, con la misma intensidad), De nuevo la furia concilia textos, conflictos y personajes, algo infrecuente dentro de la llamada dramaturgia de actor (aquí con el trabajo conjunto de reescritura de algunos de los textos y la suma de otros). Y se consolida no por un orden temático (sus creadores insisten en remarcar que lo que se cuenta es "una ficción", pero, invariablemente, la realidad aparece en varios planos) sino por los modos expresivos de cada uno de los actores, algunos verdaderamente sorprendentes.
Es entonces que esos recorridos de los que se hablaba al principio se impregnan de sentido, particularidad que distancia a De nuevo la furia de un teatro de creación conjunta que vio en los últimos años cómo los procedimientos terminaban por robar la atención de los creadores que, parecía, no tenían nada para contar. Demás está decir que la puesta de Cantero y Giacometto pone distancia de esa variable. |