Dirección Adrián Giampani y Mario Romeu
Interpretes César Artero, María Victoria Franchi, Diego Horacio Jozami, Gato Molina, Anabel Rosellini
Sala La Morada - Rosario
Funciones mayo, junio, julio, 2008
Música Soledad Alberini
|
La estética del clown ha encontrado en la propuesta de la compañía teatral local Los Payasos Muertos, que dirigen Adrián Giampani y Mario Romeu, un campo de acción que, deliberadamente, se corrió del registro que el imaginario popular ha construido alrededor de esta estética. Aquí la risa, el humor físico y cierto clima absurdo, propios del género, sirven para encaminar la propuesta hacia algo más oscuro y hasta siniestro, aunque está claro que ese costado siempre estuvo rondando el universo de los payasos.
El camino de este grupo de trabajo, que comenzó con Los payasos muertos (propuesta que dio nombre a la compañía, donde se aclaraba que “el circo no es lo que parece”, y que ganó uno de los proyectos de coproducciones de la Secretaría de Cultura municipal), sigue ahora con Descarnados (varieté trasnochada), en el que nuevamente la desolación y un sabor amargo devenido del registro por el que transitan los personajes-payasos, cuestionan los límites de una estética que, tal como se ve en esta propuesta, ofrece un universo mucho más vasto y rico que el conocido por la mayoría de los espectadores, que suelen encorsetar la forma del clown a las rutinas circenses tradicionales.
Es así como cinco clowns (“payasos desangelados”, según el programa de mano) se van apropiando del espacio escénico de la sala mayor de La Morada, entre la sorpresa, la torpeza, la risa y la desolación. Cinco actores que desde su clown se valen del humor para hablar del amor, la soledad, la pobreza, el hambre y hasta del paso del tiempo, hilando la trama a través de una especie de dramaturgia del fracaso.
Desde aquel que llega con aires arltianos anunciando que no tiene un cobre y pone a la venta frente a los presentes unos pocos objetos y hasta sus recuerdos, pasando por una pareja desencontrada en la que se filtra la temática de la descendencia, hasta llegar a otro que ofrece un singular “menú sugerido” de canciones (entre otras “La felicidad” o “Para Elisa”) cuyas melodías sonarán a través de lacónicas variaciones de la risa, el espectáculo suma una serie de aciertos. Por un lado, la necesaria ausencia de puesta: sólo unos pocos objetos escénicos, y adecuada iluminación y apropiación de lo que ofrece la arquitectura de la sala. Por otro, una elocuente banda sonora y performances inspiradas (en todos los casos, montadas como números de varieté), con acabadas y originales resoluciones, que por momentos, a modo de cuadros temáticos, recuerdan a las viejas rutinas de cabaret o vodevil.
De movida, y como pasaba en Los payasos muertos, las típicas narices rojas, en algunos casos viraron al negro. Es así que, como perdidos, cada uno (o en conjunto) va generando distintas situaciones, apelando a una poética que se vale tanto del cuerpo como de la palabra, pero que utiliza la risa como disparador para meter a los espectadores en otros territorios muchos más interesantes, incluso más atractivos que en la propuesta anterior, donde prevalecían los momentos corales por encima de los soliloquios.
La propuesta de Giampani-Romeu sirve también para analizar los límites de la risa en el teatro, y para preguntarse cuáles son hoy los temas que ameritan ser revisitados. Pero sobre todo, la visión de este espectáculo viene bien para confirmar que la risa es uno de los medios más efectivos para reflexionar acerca de algunos aspectos ligados al campo de lo social, algo que la poética del circo sabe y conoce desde sus comienzos y que en Descarnados es aprovechado en su totalidad.
|